Sé que soy muy pesado, pero insisto: no tengo tiempo.
El poco del que dispongo lo dedico a mi familia y, después, a mis amigos. No me da para más.
Dicho esto, busco un hueco para escribir unas líneas porque lo necesito y porque merece la pena.
Ha sido una semana de auténtico asco. De náusea:
Trump haciendo el dictador, el zoquete y el todopoderoso. Nauseabundo.
Un tipo que le dio una paliza a su novia, ¿un tipo he dicho? Una escoria quería decir, que le dio una paliza a su novia delante de una cámara, ve reducida su condena a 2 años y 9 meses. Gracias a un recurso estimado que convierte un delito de lesiones en uno de simple violencia de género.
El padre de Marta del Castillo buscando, por enésima vez a su hija. Sin poder descansar. Ni ella ni ellos.
En Madrid venden mierda a precio de oro. Le llaman arte, al menos en Arco. Ya sabéis. Dicen que ha sido la mejor exposición de la década. La mejor exposición de basura querrán decir.
Se produce otro golpe de Estado. No es el 23F de Tejero, es el 23F de Urdangarín. De la infanta tonta, o la menos tonta. O la lista. Ya no sé. Es el 23F de los fiscales anticorrupción purgados, intimidados, apartados. Es el 23F de Suiza. De la impunidad. Del descrédito. Es el 23F de la injusticia. De la indecencia. Es el 23F del nuevo fiscal Anticorrupción, el mismo que amagó con abrir un proceso penal contra los medios que investigaron los correos de Blesa y las tarjetas black. Casi nada. Las calles no se llenan eso sí. Siguen vacías. Estamos en casa, viendo al Barça, al Madrid y los Óscars. Vamos a ver quién lleva el vestido más glamuroso.
Sólo unas mujeres valientes están en la puerta del Sol clamando justicia por nuestras mujeres muertas. Por la violencia de género. “Con maltrato no hay trato”, claman, y lo defienden con la vida, las suyas.
No sólo eso, Andrea Levy, La vicesecretaria de Estudios y Programas del PP, tras la sentencia del ‘caso Nóos’ y las ‘tarjetas black’, rebuzna: “No hay apellidos ni cargos que valgan; el que la hace la paga” y el micrófono no explota, ni la cámara que la graba. El Universo se alinea con ella para que todo siga igual.
Un ex alto cargo de la Junta preside el juzgado que sentenciará el caso ERE, y asegura: “tomaré la decisión que tenga que tomar”. Un pollo que fue secretario general de Justicia de 2008 a 2014, bajo el mandato de los dos expresidentes a los que tiene que juzgar. Tampoco explota nada. El Universo sigue inalterado. Por ahora.
Añadir a eso que Anticorrupción se opone a que Chaves y Griñán sean investigados en la causa de los cursos de formación. Argumenta que “no existen en la causa indicios, al menos por el momento, de la participación de los anteriores presidentes de la Junta”. Y ya, para rematar, la nueva juez encargada del caso levanta la fianza civil de 4,2 millones impuesta a Griñán y antes de tomarse el vermú archiva las piezas de responsabilidad civil abiertas contra los otros 25 exaltos cargos investigados. Luego a almorzar. Se lo ha ganado.
Siento tanta vergüenza y tanta impotencia; tanta indignación y tanta rabia, que no tengo ganas ni tiempo de escribir una palabra sobre esto. Me da pereza, como se dice ahora, observar y entender que vivimos en una fase de corrupción e impunidad absoluta, por culpa, también, nuestra. Mía.
Siento también rabia porque aquellos que iban a asaltar los cielos y la realidad social para cambiarla no han abierto la boca sobre todo esto. Algún tuit biensonante y poco más. Han preferido dejarle las calles a otros y otras, como dicen los políticos bienhablados, las plazas han enmudecido, ahora ellos están por fin en las moquetas y éstas ya no se sienten igual bajo los zapatos. El tacto es más agradable. Parece que prefieren quedarse allí y seguir con la “gran purga” y con su Juego de Tronos.
Pero ha ocurrido algo que me ha hecho salir de mi tiempo muerto, de mi letargo, y es la muerte de Pablo.
Yo no sé más de lo que todos sabemos sobre este chico: su manera de luchar contra lo inevitable. De entender la vida. La vida sobre la muerte.
Ayer me daba la noticia mi mujer, mi mujer que lloraba al hacerlo y que, como muchos, se preguntó por primera vez: ¿cómo se puede llorar por alguien a quien no conoces? Me devastó.
No me lo esperaba. Lo último que sabía de él es que se le había practicado un segundo trasplante de médula. Lo anterior: que había conseguido un récord en donación de médula en este país.
No sé por qué estaba absolutamente seguro de que iba a ganar esta partida. No me preguntéis por qué, pero hasta la última célula de mi cuerpo estaba convencida de ello. Que él era la respuesta a todos esos que alguna vez han de preguntarse: ¿por qué yo?
Y de repente esa respuesta fue un NO. Un adiós.
Ahora nos quedamos sin él, sin sus entrevistas y su sonrisa, esa sonrisa que conquistaba el mundo y la vida. Esa sonrisa que era parte ya de nuestros sueños y nuestras esperanzas.
Nos queda su manera de ser persona. De demostrarnos que lo nuestro es una chufla. Que no tenemos derecho a quejarnos porque tengamos un mal día o las cosas no salgan como teníamos planeado. Nos demostró que no hay excusas, que el motor vital nos pertenece, que somos parte de un sistema que podemos dominar, si tenemos la fuerza suficiente como para hacerlo. Para entenderlo.
Nos queda su dignidad, esa que contrasta con todo lo que he contado unas líneas atrás, donde incluyo a todos esos políticos, financieros, empresarios y oportunistas que han recortado/recortan en sanidad, en I + D + I, responsables de que los talentos y cerebros que investigan tengan que marcharse fuera, porque aquí no hay interés en ellos, ni recursos. Esa dignidad absoluta y enorme que seguirá brillando con su recuerdo.
Nunca pude hablarte Pablo, nunca te envié un mensaje, lo confieso. Déjame darte las gracias, aquí y ahora, por todo lo que representas para tantos, por todo ese coraje, esa luz, esa humanidad superlativa.
De corazón, gracias y hasta siempre compañero. Nos vemos entre las estrellas.









