IEA, Sector Histórico
El prestigioso arqueólogo Lorenzo Abad Casal comienza su excelente y delicioso artículo “Sobre citas, citadores y modos de citar” (Diario Información, Alicante, jueves 13 de mayo de 1998), que cobra actualidad a raíz de los plagios del famoso rector Fernando Suárez, diciendo lo siguiente:
“Principio obligatorio es para todo científico indicar de dónde ha tomado sus ideas y a quién se debe cada uno de los argumentos que desarrolla. Ideas que en su momento fueron geniales están incorporadas hoy de tal manera al sustrato de la ciencia que resulta superfluo -por evidente- aludir continuamente en su paternidad. Pero en la mayor parte de los casos el recurso a la cita es obligado, pues lo contrario se aproxima bastante a la apropiación indebida de ideas, ya sea por simple descuido, ya sea para alterar u ocultar de forma consciente su procedencia. Todo investigador es, de una u otra forma, un citador. Una lectura atenta de los trabajos, y en especial de la forma de apoyar argumentos, esto es, de la forma de citar, permite obtener una radiografía científica del investigador. En ello se reflejan su origen, formación, actitud personal, filias y fobias, y la valoración, estima o desprecio que le merecen sus colegas. Las citas son una ventana abierta a través de la cual se muestra la personalidad científica, pero también -y sobre todo- humana del investigador”.
Después, Lorenzo Abad, clasifica a los malos citadores en seis categorías con sus correspondientes subespecies: citador compulsivo (especie inofensiva que cita por citar y por hacer amigos, quedando a la recíproca); citador secundario, o bien, recitador (vividor que recurre a las citas ajenas para apoyar ideas que tampoco son suyas con frecuencia, reproduciendo incluso los errores de aquellas y –añado- los nacidos de su interpretación); citador destructivo aniquilante (que acumula las citas con el único fin de destruir teorías publicadas por otros y anteponer las propias, que a veces asemejan a las aniquiladas); citador selectivo (que utiliza las citas y silencia o ensalza a los autores según su conveniencia, llegando, en su versión discriminante, a atribuir a uno las noticias de otros y haciendo que aparezcan como descubridores quienes nunca lo fueron; y citador gregario o escolástico, que cita únicamente a gente de su grupo, sobre todo a los jefes, ignorando a los de otras escuelas o gurús. Por último, menciona al autocitador, “que ignora a los demás y solo se alimenta de sí mismo, bien porque los desconoce, bien porque los margina conscientemente, aunque se apropie de sus ideas e intente hacerlas pasar por propias” (puede ser absoluto, si solamente cita la propia producción, o relativo, si alude a sus trabajos anteriores en los que se citaba al verdadero autor, que ahora ya no aparece). Y acaba sugiriendo “que sería de gran utilidad que los organismos y las autoridades competentes -en estos tiempos en que tanto se valoran los criterios de calidad- propiciaran la impartición de un Curso de Ética Citatoria similar al Curso de Ética Periodística que semanalmente viene impartiendo con considerable éxito un conocido programa de televisión” (se refiere al de Juanjo de La Iglesia, que emitía Telecinco y que vapuleaba con salero a los medios de comunicación).
Espero haber citado con total corrección a Abad Casal y resumido bien –de hecho, reconozco que casi lo he plagiado- su magnífico artículo. Sin embargo, diría que a su taxonomía citatoria le falta algún espécimen, como el cita-plagiario descuidero, o citacopiador, al que una mención en un detalle mínimo del autor fusilado le sirve de coartada para seguir copiando como propios sus datos, incluidas las citas –en los casos más graves, párrafos sucesivos- sin usar las comillas ni cambiar una coma. Otra variante es el copy-pasteador o patchworkzurcidor, que va cosiendo trozos de autores diferentes, o de distintas partes de una misma obra, a modo de collage, sin más aportación que su sabiduría para ensamblar retales. O el re-publicano o re-publicador, que reedita el trabajo de otro autor, generalmente muerto, con la excusa de darlo a conocer, pero ya con su nombre en la portada. Y, aunque no es propiamente un citador (más bien, es lo contrario), también cabría hablar del adanista o redescubridor, que escatima las citas de sus predecesores, pero en cambio presenta los datos que estos dan como si fueran fruto de su investigación; o el citazalamero, que hace la pelota atribuyendo a alguien de quien espera algo las tesis de un tercero. Algunos son veniales: el socializador aprovechado, que toma lo que encuentra, entendiendo que todo es de dominio público; y el simple despistado, que lo hace automáticamente y sin mala intención (prácticamente todos habremos incurrido en alguna ocasión en el pecado de manera inconsciente); pero los verdaderos adanistas suelen ser reincidentes habituales, que hacen libros con mucha rapidez sin tener que leer montañas de papeles, y dejan tantos rastros que raramente pueden alegar ignorancia. Algunos hasta tienen la osadía de decir que eligieron el tema de su estudio por ser desconocido –ninguneando de paso a sus predecesores- y por su preferencia por la investigación documental, cuando la mayoría de sus “descubrimientos” llevan ya muchos años publicados o citados por otros. Y lo peor es que a veces este tipo de obras, hechas en cuatro días de frenético patchwork, reciben papanáticos e infundados elogios de amables prologuistas y supuestos expertos, que las dan como algo “novedoso” y hasta alaban su estilo literario, demostrando sus ganas de agradar a la vez que su desconocimiento –por pensar bien de ellos- de la bibliografía existente al respecto.
En mis cuarenta años de investigador –local, pero decente- he visto ya de todo: desde aquel personaje que publicó en entregas, y sin cambiarle el título, un trabajo de Mateos y Sotos, al que sólo citaba en la primera de ellas, a los “divulgadores” que citan malamente los trabajos de otros en un libro y después se refieren únicamente a este en sucesivas obras, como si todo fuera descubrimiento suyo. Tampoco estuvo mal el caso del ilustre giennense que a la muerte de Bonilla y Mir publicó con su nombre un artículo de este, y hasta tuvo el valor de dedicárselo; o el de cierto periódico murciano que copió, sin citar a los autores, unos cuantos capítulos del libro Albacete, de la Editorial Mediterráneo, pero encima les puso su propio copyright. En su día dieron mucho que hablar y que reír; aunque ya parecía que en los últimos años el vicio declinaba. Sin embargo, la red, con su inagotable arsenal de recursos y la facilidad de cortar y pegar, como lúcidamente dice José Andrés Rojo (“El lamentable vicio de copiar el trabajo ajeno”, en El País, 2-10 de 2015), hace que últimamente se den algunos casos de auténtica vergüenza, y que a veces no solo no han tenido reproche, sino que han sido objeto de insensatos aplausos de las instituciones llamadas a evitarlos, por lo que bien pudieran convertirse en tendencia e incluso en epidemia. Algunos ni siquiera necesitan la red: con la excusa de la divulgación, utilizan los datos de trabajos ajenos que ni siquiera incluyen en la bibliografía, aunque citan los suyos, dando a entender así que son hallazgos propios los sacados de unos documentos que no saben ni leer; o difunden en cursos de Historia y Patrimonio, que imparten sin pudor, las investigaciones que costaron a otros muchos años y ellos adquirieron mediante ciencia infusa.
Como investigador pueblerino que soy, no voy a dar lecciones a los profesionales; pero modestamente reivindico ese Curso de Ética Citatoria del que hablaba con más autoridad Lorenzo Abad Casal, que podría impartirse como preparatorio a los masters y cursos doctorales de nuestra Facultad de Humanidades. O que, al menos, el Nuevo IEA, que está tan preocupado por la altura científica de sus publicaciones, mande a los “pares ciegos” –ciegos y sin olfato, pues ni siquiera huelen los plagios más flagrantes- que informan sobre ellas, una copia del ya citado artículo, o de este, que ofrezco libre de copyright, para que no se dejen tomar la cabellera. A modo de ejemplario –de lo que no hay que hacer- pueden utilizar algún libro reciente del propio IEA en el que sobreabunda la inmensa mayoría de los vicios citados, muy en particular los de recitación, citación selectiva en su peor variedad, citacopiadorismo, citazalamerismo y adanismo en todas sus versiones y el plagio descarado de parágrafos de Porras Arboledas, de Beatriz Arizaga y Javier Añíbarro, de Emilio Olmos Herguedas, de Pedro Navascués, de Magdalena Merlos, de Fernández Montoro, de Ricardo Córdoba de la Llave e Iñaki Bazán Díaz, a quienes no menciona ni en la bibliografía, y hasta de Wikipedia (que tampoco es citada, como es obvio); y párrafos –o páginas- de otros citacopiados, entre los que se incluyen Fernando Chueca Goitia y Fernando Marías, Ana Isabel Leis Álava, José Luis Corral, María Encarnación Gómez Rojo, José Ramón Soraluce, Francisco Henares Díaz, López Bermúdez, Corchado Soriano, Ricardo Izquierdo y quien modestamente hace esta reflexión. Pero probablemente esto interese poco a los que solo aspiran a mantener sus cargos -y sus sobrepensiones- cultivando las buenas relaciones y la falsa apariencia de quien dice querer únicamente ayudar a los jóvenes a “labrar su currículum” (como sea y a costa de quien sea). Dice José Andrés Rojo que en Alemania esto hace caer ministros, pero aquí “importa un rábano”; un pimiento manchego, en nuestro caso.
Aurelio Pretel Marín, IEA, Sector Histórico.
Albacete, 2017.






