
Tenía a Australia por un país muy avanzado. Mi hermano estuvo trabajando y viviendo allí durante un año, en Brisbane. Me enviaba fotos por whatsapp de la gente tumbada a la orilla del río. Moraton Bay copado en los días soleados. Puro paraíso. Ahora está en Orlando, cosas de la crisis, la de los países pobres claro.
Me hablaba de la amabilidad de la gente, de cómo se respiraba dinero por todas partes, un nivel de vida que no conocemos, centros comerciales como ciudades, gimnasios de ensueño, restaurantes donde nadie regatea al camarero los entrantes o las botellas de vino de 100 dólares. Un lugar donde una persona se va sin pagar un café y al día siguiente aparece medio llorando pidiendo disculpas por tan imperdonable despiste y de paso deja un billete de propina. Esa Australia.
Ayer vi un vídeo. También sucedía en las antípodas. Pero no eran playas ni centros comerciales. Era Dylan Voller, un chico de 17 años que llevaba desde los 13, desde el 2010, en el Centro de Detención Juvenil Don Dale. La primera imagen ya te demuele por dentro. Te noquea. Está atado a una silla, su rostro permanece tapado con una capucha bien apretada que le dificulta la respiración mientras un collar al cuello lo mantiene inmóvil. Se ve a un guardián obeso susurrarle: “relájate (…) volveremos a visitarte. No te queremos mantener así”, mientras otro le sujeta la cabeza. Luego todo va a peor. Palizas, agresiones entre varias personas, lo cogen del cuello, lo desnudan entre varios, puñetazos en la cara, lo lanzan contra un colchón desvencijado. Me parte el alma verle agacharse con resignación en un rincón completamente desnudo, abrazado a sus rodillas. Luego el vídeo explica que actualmente está encerrado en una prisión para adultos. Quien tenga estómago y los nervios bien templados puede verlo en PlayGround.
Cuanto terminó lloré. No soy de lágrima fácil, pero esto pudo conmigo. ¡Es un niño joder! ¿Qué estáis haciendo con esa vida, con ese futuro, malnacidos?
Después investigué un poco, Dylan es aborigen y ya se sabe lo que eso significa en Australia. Algunos conocerán lo que se denominó la “generación robada”. Para el que no lo sepa, niños robados a sus padres para ser entregados a familias blancas. El puto primer mundo. En todo su esplendor.
Puede que algunos no lo sepan pero el maltrato físico es tan traumático que, con una sola vez que se sufra puede causar un daño emocional imborrable. El psicológico acaba con la autoestima y empuja a un comportamiento autodestructivo. Como resultado la falta de una autovaloración positiva termina tiñendo todos los aspectos de la vida de la víctima.
¿Y en España?
Pena mínima para el excura que violó a una niña de 10 años. La Audiencia de Baleares le condena a 6 años de cárcel después de que el sacerdote admitiera agresiones sexuales continuas a la menor. La cara sonriente del condenado en el juicio es algo que conecta con todo lo primitivo que hay en mí, lo confieso. Con todo lo malo.
Una niña de 9 años graba a su padre para probar sus abusos. La víctima escondió una grabadora en un calcetín después de que un juzgado de Madrid archivara el caso. Según información publicada y contrastada la niña denunció los abusos hace dos años. Contó al perito que la examinó que su padre le realizaba tocamientos en sus partes íntimas, pero este experto no le creyó y el caso se archivó. ¡Ay los peritos! ¡Ay los expertos! ¡Ay los tutores! Firman informes como si fueran dioses, omnipotentes, con la verdad absoluta apretada en sus puños, sin reparar en que sus decisiones destrozan a veces a niños, a niñas, a padres y a madres. A veces sabiendo que la verdad no se encuentra en esas líneas que defienden. No sé cómo lidian con eso. Por atender intereses, a personas a las que creen, por deber favores, por favorecer a amigos o porque los maltratadores suelen tener una habilidad social enorme; superlativa; a menudo superior a las de sus víctimas, y logran convencer a su entorno de que ellos son los agraviados, de que están sufriendo una persecución, de que son inocentes. Son capaces de convencer a esos hacedores de informes. Son capaces de todo. Créanme, sé de lo que hablo.
Tiempo después, tras una acalorada discusión entre sus padres en la que tuvo que intervenir la policía, el hombre confesó: “prefiero verla muerta a no verla porque esto es insoportable”. Los agentes informaron de estas palabras al juez que dio carpetazo al asunto, quien concluyó que dicha frase “no denota intención de hacer daño a su hija” y que probablemente dijo esto, ”por estar imputado en un delito de abuso sexual”. Entonces es cuando la niña lo graba todo. Cuando el horror se introduce en un soporte y por fin es amparada. Esto fue a principios de mes.
Estos casos son extremadamente dramáticos, extremos, pero también hay un día a día de niños que no llegan a la prensa, sufriendo todo tipo de abusos, por parte de cuidadores, falsos amigos o progenitores.
Quizás todos deberíamos saber que los niños absorben los mensajes, tanto verbales como no verbales, de la misma manera que las esponjas absorben los líquidos: indiscriminadamente. Entender que el control directo de algunos padres lleva implícita una intimidación, con frecuencia humillante, porque el desequilibrio de poder es tremendo. Que eso provoca daños irreparables en sus hijos.
Que los niños tienen derechos básicos como el alimento, el vestido o la protección, pero también lo tienen a una subsistencia emocional, a que se respeten sus sentimientos y a que experimenten el hallazgo de su propio valor.
Una palabra hiriente, una manifestación desafortunada, un insulto o un menosprecio pueden llevar a un sentimiento de dolor, de desprotección y lesionar la autoestima de un niño hasta un punto del que no somos conscientes. El trauma irreversible que podemos ocasionar creyendo que un hijo ha de soportar nuestra ira o nuestra inconsciencia es imperdonable. Nadie tiene derecho a mutilar un alma inocente, y menos un padre.
Hoy además leía a la siempre brillante Cristina Fallarás. Su “Yo, mujer, desobedezco”. Un artículo de los que se clavan dentro. Una madre luchando contra el maltrato de su expareja a sí misma y a su hija. Acaba en tragedia. También otra madre luchando contra su expareja, maltratador, para no entregarle a su hija, que no quiere, que no necesita irse con él. Una mujer apelando a la justicia, porque entiende que no desobedece leyes cuando priva a un maltratador de su víctima, sino que protege a su hija.
Me pregunto cómo unos padres pueden maltratar a sus propios hijos. Me pregunto cómo justifican ese comportamiento, esa mutilación de alma.
Los niños que son felices con tan poco, con una sonrisa, un beso, una frase amable. Cuando se les da importancia, espacio, valor.
Yo he sido padre recientemente y sin lugar a dudas no hay nada más importante para mí que el bienestar de mi hijo. Su sonrisa. Verle feliz. Es mi vida. Es el mundo, con todo lo que contiene.
Protejámosles, siempre, son el futuro…






