
Podría haber dedicado estas líneas al momento político-histórico que vivimos, pero estoy demasiado enojado como para ser objetivo.
Además de eso he leído análisis de todo tipo de personas con mucho más talento que el que yo vaya a tener jamás, y con muchos más conocimientos de los que he tenido nunca.
Puedo añadir también que mi teoría de lo ocurrido suena tan absurda que no me atrevo a compartirla. Es una hipótesis que no he encontrado en ninguno de esos sesudos diagnósticos que he comentado, así que no creo que vaya a ser yo precisamente la mente pensante que ha dado con la clave de este desaguisado.
Lo que no me voy a dejar en el tintero, eso sí, es que la hucha de las pensiones está tiritando y que la fiesta la vamos a pagar entre todos, como siempre.
En vez de volcar todo mi malestar en la actualidad referida, voy a hablar de algo que me ocurrió hace pocos días: estuve en un tanatorio. Una persona muy conocida en el lugar donde vivo aquí había fallecido. El cómo y el por qué no es relevante y prefiero respetar su memoria y no dar detalles que no importan a nadie.
La cuestión es que fue repentino. Inesperado. La cuestión es que hay familias partidas ahora. Gente rota en muchos lugares.
Me vi, después de muchos años, frente a frente con el hermano del fallecido. Habíamos sido, durante mucho tiempo, enemigos. Yo al menos lo consideraba así. Lo culpé durante años de un revés de la fortuna que me afectó profundamente. No es que, en mi opinión, fuera el único responsable, había más, pero quizás su “participación” en todo lo que sucedió me dolió especialmente porque, hasta aquel momento, había llegado a apreciarle. Había en él rasgos que reconocía en mí, o eso creo después de la tormenta, ahora, reflexionando desde la calma.
Llegué al lugar, lo confieso, con cierta dosis de intranquilidad. Yo había sido muy duro con él y podía suceder que mi presencia le incomodase. Estaba preparado para esa posibilidad. No fue así. Nos estrechamos la mano y hablamos como si entre nosotros jamás hubiese sucedido nada y recuerdo como, durante aquellos instantes, los dos fuimos personas por encima de todo lo demás.
Recuerdo su dolor en el vacío de su mirada, y cómo intentaba componer cierta solidez, pero era un hombre desolado que luchaba por tenerse en pie, hablar, seguir viviendo y encajar aquella realidad que lo oprimía.
Le hablé de alguna pérdida personal, quise hacerle entender que de alguna manera entendía lo que sentía: como cuando despegas un avión en el que viajas, ese cosquilleo en el estómago. Lo malo es que no termina en unas horas, cuando alcanzas el destino y aterrizas. Lo llevas dentro durante mucho tiempo.
—No superas la muerte de un ser querido jamás, simplemente aprendes a vivir con ello. —le advertí teniendo en cuenta mi experiencia, y él asintió. Comprendía. Le confesé que sabía que en ese momento estaba en una nube, que no había asimilado aún la situación, y que le sobraba “todo esto”, y abarqué para explicarme la estancia con los brazos señalando a los que estábamos por allí, porque entendía a la perfección como uno sólo quiere despertar y no ver a nadie, no escuchar a nadie, salir de ese torrente de personas, apretones de manos y frases bienintencionadas, por mucho que se sepa que salen del corazón. Su hermano se acercó entonces y me agradeció mi presencia. No le había visto jamás y valoré mucho su generosidad dadas las circunstancias.
Después nos despedimos con total cordialidad y me marché de allí con una sensación muy áspera en la garganta. Porque la muerte siempre consigue eso en mí. Porque me pone en mi lugar cuando se lleva a los cercanos, o incluso a los conocidos. Porque me hace sentir como una habitación sin muebles.
Durante los días siguientes pensé si aquel hombre quebrado había sido realmente el culpable de aquellos acontecimientos, o si por el contrario fueron mis decisiones equivocadas las que me llevaron a la situación que viví. Analicé si su postura política y la mía habían tenido que ver. Si tenía algún sentido toda aquella rabia que vertí en él. Analicé si la dinámica de conflicto en la que vivimos hoy en día es lógica. Si esta rueda que giramos entre todos va hacia algún lugar que merezca la pena.
Habían pasado los años y éramos dos personas frente al abismo, en este caso el suyo, pero yo lo conocía bien, lo había atravesado también y me era familiar. Dos personas reencontradas por la muerte más que por la vida, con toda la paradoja existencial que conlleva el escenario descrito.
Recuerdo que llegué a casa y abracé a mi hijo. Luego a mi mujer y a las niñas. Lo dichoso que me sentí por disponer de un día más para estremecerme en aquellos brazos que me sustentan. Por disfrutar de la sonrisa de mi pequeño una vez más, esa sonrisa que me abre el pecho de parte a parte para abarcar el mundo…






